The lonesome stars wink in the sky
as trails of light creep through the night,
the holy looms, the hanks of time,
entwine the strings of endless lives.
Needles of fire and sparking threads
knit peace and joy, weave hope and grace,
spin harmony, braid love and bliss
coiling the web of ecstasy.
Footprints of dawn pin to the earth
the entangled chords of destiny,
heavenly winds unfold the cloth
of fleeting dreams and quiet thoughts.
Leaving its shroud, my wandering ghost
floats in the streams of beatitude
among white dwarfs and crimson giants
that lace the woof of Humankind.
Baila tu miseria,
danza tus harapos,
festeja tus piojos,
mi querido hermano,
que el sol te reseque
todos los gusanos
del hambre y los sueños
que soñaste en vano,
que el vino del tiempo
se filtre en tus venas
remendando grietas
en tu amor gastado
y el alba te encuentre
compartiendo el fruto
maduro del mundo,
colmadas las manos.
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ací en Buenos Aires, Argentina, y a los 19 años viajé con mi familia a Lima, Perú, donde viví dos años. Allí formé parte del coro de la Asociación Jueves y del grupo de danza moderna. Ya de regreso en Buenos Aires estudié canto y danza moderna con María Fux y Susana Zimerman, y durante varios años asistí al taller literario de Roger Pla. En 1976 gané el Premio Municipal de Narrativa y en 1994 el 1er. Premio de cuento de Avon y el de Gente de Letras. Quedé finalista en el Concurso Internacional de Avon unos años más tarde y en un concurso de cuento hiperbreve de España. También recibí varias menciones literarias.
He publicado el libro En el Umbral, y mis cuentos y poemas forman parte de varias Antologías editadas en Argentina, España y EE.UU. Próximamente pienso editar una novela, un libro de cuentos y otro de poesía.
Soy la traductora oficial de Daniel Jacob (Las Reconexiones) y Gillian MacBeth-Louthan (El Despertar Cuántico) y formo parte del equipo de traductoras de Lightworker. También colaboré en la traducción de varios libros de Kryon canalizados por Lee Carroll.
Alina avanza entre montañas rojas. ¿De dónde viene? ¿Quién sembró las semillas germinando en su vientre? ¿De dónde esos días que tienden su sábana de arena mientras la planta crece y asoma por la frente y la boca, le inunda el corazón y el plexo, circunda el bazo, se vuelca en el hígado, se derrama en el sexo, le brota por las manos y forma túneles donde espesar los vientos de sus angustias, esos vientos que la trizan en tanto crece el follaje para atarle los pasos? Ella implora que por piedad ya basta y tropieza con su desolación, las horas corriendo y deteniéndose hasta que el aire accede y trae al primer ángel que la llama por su nombre olvidado: Soledad. Y Alina pide que le cambien Soledad por Alina.
El ángel abre la iridiscencia de sus alas y le enseña los rudimentos de la danza. Un aire de violetas se escarcha para formar las flores. La luz se aprieta en los pistilos y Alina baila, libres los pies, las ramas altas. Y también canta, descubriendo el espacio, la textura cambiante del rocío, la redondez del fruto. Acaricia el paisaje vegetal, desvanecido el ángel ya innecesario.
Alina danza de dolor, su sangre aúlla. ¿Para qué la libertad si está encadenada a un paisaje? La voz se le retuerce anudada en los troncos hasta que finalmente un resplandor se filtra entre las ramas y otro ángel se asoma y la conduce hacia un camino estrecho donde sólo cabe un pie.
Alina va perdiendo las ramas inferiores y con los ojos libres descubre animales grandiosos, rosas de oro, hombres-planta que avanzan empujados por un viento celeste y se enlazan para formar jardines. Vacila, quiere quedarse con ellos y sabe que no debe, el deseo le muerde el corazón mientras quema sus otras ramas en el aire rosa-violeta-amarillo, perdido el segundo ángel, atrás el sol con sus nueve planetas.
Alina flota en la música de su galaxia. Apenas sí puede arrancarse del ensueño y marcha, un pie en el sendero, el otro en el aire, hasta llegar al portal donde se miran una sombra y un ángel. Allí se reconoce en los dos y retrocede, temerosa de la luminosidad del Ángel de la Presencia. El Morador del Umbral la envuelve en su oscuridad. ¿Qué hace allí si Dios no existe ni existen los caminos? Que vaya con los ángeles caídos. Para ella no hay sino lunas de sal y soles moribundos. Vuelven a ella los rostros de la locura y la muerte, el desamor, las palabras-mentira. Y Alina grita que aquello pasó hace tiempo, que es sólo un espejismo, que va en busca de un amor más perfecto. Y avanza hacia la luz, ya no teme quemarse.
Cruza el umbral y el Morador y el Ángel se vuelven uno con ella; su piel irradia, el plexo es ahora un crisantemo. Con la palabra inaugura nuevos mundos y los echa a girar, un sol por eje, iniciándoles paisajes minerales con varias montañas rojas donde los hombres-planta se preguntan el porqué de su existencia.
Y Alina les envía ángeles para la danza y maestros de caminos. Los ve enlazarse para formar jardines y les tiende los pétalos de su plexo, uno para cada planeta, caminos para un pie solo por donde suben las criaturas que engendrara su verbo, de regreso a su origen transparente, mientras Alina se eleva atravesando umbrales relucientes, amalgamando nuevos Ángeles y Moradores, mutando hasta convertirse en una Antorcha Eterna que navega por un océanos incandescente hacia la Madre Cósmica, el Sol Central que no puede verse aún desde la Tierra.
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